








Rastreando los orígenes
El registro concreto más antiguo que nos llega acerca de la división del cielo en constelaciones lo menciona Aratos en su obra Phainomena (270 a.C.). Aratos, a pedido del rey de Macedonia, escribió un poema en el que aludía a que, más de un siglo antes, Eudoxo de Knidos había confeccionado un globo celeste con 44 constelaciones que representaban a las figuras mitológicas. Más tarde, Hiparco de Nicea, en el siglo II a.C., obtuvo un catálogo de constelaciones en base a lo que le llegó de Eudoxo y Aratos. Fue el griego Claudio Ptolomeo, que trabajaba en Alejandría, quien ordenó finalmente todo. Su obra, cuyo nombre original era Sintaxis, permaneció perdida durante siglos. Los astrónomos árabes que la rescataron en el siglo IX la llevaron a Italia, donde fue traducida al latín bajo el nombre de Almagesto.
Entre las 88 constelaciones actuales, más de la mitad son atribuidas a la compilación de Ptolomeo: las 12 del zodíaco y otras 36 tomadas de la tradición antigua. Estas 48 constelaciones(*) no sufrieron modificaciones durante mucho tiempo, pero tampoco eran demasiado precisas; no tenían límites marcados y sólo comprendían las estrellas más brillantes, por lo que quedaban en el cielo muchos espacios “vacíos”.
(*)Tauro, Gémini, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Ofiuco, Sagitario, Capricornio, Acuario, Pisces, Aries, Andrómeda, Águila, Ara
(Altar), Argo Navis, Auriga (Cochero), Boötes (Boyero), Can Mayor, Can Menor, Cassiopeia, Centauro, Cefeo, Cetus (Ballena o Monstruo Marino), Corona Austral (ex Corona Sagitarii), Corona Boreal, Cuervo, Crater (Copa), Cisne, Delfín, Draco (Dragón), Equuleus (Caballo Menor), Erídano, Hércules, Hydra, Lepus (Liebre), Lupus (Lobo), Lyra, Orión, Pegaso, Perseo, Pez Austral, Sagitta (Flecha), Serpens (Serpiente, dividida en Serpens Caput, la Cabeza, y Serpens Cauda, la Cola), Triángulo, Osa Mayor y Osa Menor.
Cuando los navegantes europeos comenzaron a viajar hacia el sur descubrieron estrellas que debieron catalogar para utilizarlas como guías. Entonces se encontraron, nuevamente, con la necesidad de crear constelaciones. Los primeros en cartografiar los cielos del sur fueron los holandeses Pieter Dirkszoon Keyser y Frederick de Houtman, en 1596, aunque hubo otros mapas anteriores que incluían observaciones de Fernando de Magallanes y Américo Vespucio.
En 1603 el astrónomo alemán Johann Bayer publicó Uranometria, el primer atlas de la esfera celeste completa, y anadió 12 (*) constelaciones en base a las observaciones de Keyser y Houtman. Todas perduran hasta nuestros días, se encuentran alrededor del polo sur celeste y, a excepción del Triángulo Austral (marcado antes por Vespucio), están relacionadas con animales descubiertos en las expediciones. Llama la atención que, para los europeos, el Indio Americano (Indus) resultaba ser otro “animal exótico”.
(*) Apus (Apus Indica o Ave del Paraíso), Camaleón, Dorado, Grulla (se conoció en Inglaterra como Phoenicopterus, el Flamenco), Hydrus (Hidra Macho), Indio, Mosca, Pavo, Fénix, Triángulo Austral, Tucán y Volans (Pez Volador). Anteriormente, también existió entre éstas Polophylax, el Guardián del Polo, agregado fugazmente en el atlas celeste de Petrus Plancius, que también incluía su versión boreal.
A partir de allí, muchos astrónomos inventaron sus propias constelaciones; algunos, con el único objetivo de agradar a reyes o emperadores. Unas perduran hasta la actualidad y otras han desaparecido. Algunas fueron recuperadas de la tradición clásica o egipcia, como la Cabellera de Berenice (Coma Berenices), incorporada por Tycho Brahe a finales del siglo XVI. En realidad, la Cabellera sólo comprendía lo que en la actualidad se conoce como Mel 111, un cúmulo estelar abierto observable a simple vista. Tycho la extendió tomando estrellas que antiguamente pertenecían a Leo y Virgo.

En 1624 otro astrónomo alemán, Jakob Bartsch, introdujo cuatro nuevas constelaciones con algunos diseños del astrónomo y teólogo holandés Petrus Plancius: Monoceros (Unicornio), Camelopardalis (Camello, que luego “evolucionó” como Jirafa), el río Tigris (era muy tenue y se extendía entre Ofiuco, Hércules, Águila y Pegaso) y Jordanis (el río Jordán. Sus estrellas más brillantes eran las actuales Alfa de Canes Venatici y Alfa del Lince). Estas dos últimas cayeron rápidamente en desuso y desaparecieron.
A Jakob Bartsch se le atribuye también –como a tantos otros–, la invención de la constelación más representativa de nuestras latitudes, la Cruz del Sur. Para Ptolomeo, esas cuatro estrellas brillantes constituían las patas traseras del Centauro. Con las mismas estrellas, Plinio, en el Siglo I, formó el Trono del César, en honor a Augusto. Por su parte, Américo Vespucio creó allí la Mandorla (la Almendra). También Bayer la separó del Centauro en 1603. El cartógrafo inglés Emerie Mollineux en 1592, y Agustín Royer en 1679, se encargaron de popularizarla como el símbolo de su fe religiosa, y recién allí adquirió el nombre propio de Crux.
Agustín Royer fue un astrónomo, arquitecto y navegante francés que creó además la constelación de Columba Noae, la Paloma del Arca de Noé, al separar parte del Can Mayor en su obra Cartes du Ciel. Pero Bayer ya la incluía en Uranometría como Recentioribus Columba, la Paloma Moderna. Y para Clemente de Alejandría, en el siglo II, había sido la Paloma del Navío Argo. Hoy es simplemente Columba, la Paloma.
Una de las constelaciones antiguas que quedó sin efecto es la de Antinoo o Antinous, un joven que se encontraba compartiendo los límites del cielo con el Águila. Aparentemente, Antinoo era amante de Adriano, el emperador de Roma, y se sacrificó arrojándose al agua en un confuso episodio que los peritos no han logrado aún esclarecer.


En 1690 el astrónomo aficionado polaco Johannes Hevelius propuso otras nuevas constelaciones. La mayoría trascendió hasta la actualidad. Un instrumento de la navegación: Sextans (Sextante). Otros animalitos: Leo Minor (León Menor), Lynx (Lince), Vulpecula (originalmente, Vulpecula cum ansere, la Zorra que llevaba en su boca un ganso), Lacerta (Lagarto; allí se ubicaron temporalmente distintos asterismos como Sceptrum et Manus Iustitiae, el Cetro y la Mano de la Justicia, y Honores de Federico, en alusión a Federico el Grande de Prusia). Más figuras mitológicas: Canes Venatici, que representa con dos estrellas a Chara y Asterión, los Perros de Caza del Boyero. Más tarde, Edmund Halley cambió el nombre de Asterión por el de Cor Caroli (Corazón de Carlos), porque, según él, la noche del regreso a Londres después del exilio del rey Carlos II, “esa estrella brilló con gran intensidad” (sic).
Por su parte, la actual constelación de Scutum fue llamada inicialmente Scutum Sobieski, el Escudo de Jan Sobieski, rey de Polonia, quien colaboró con Hevelius después de que se incendiara su observatorio en Danzig.
Hevelius también propuso otras tres constelaciones que no prosperaron y fueron eliminadas del cielo: Cerberus, el perro de tres cabezas que custodiaba la entrada al infierno y que se ubicaba en el cielo al lado de Hércules; Mons Maenalus, el Monte Mainalo, que estaba a los pies del Boyero; y el Triángulo Menor, al lado del Triángulo del norte.
El álbum del cielo se iba completando, pero aún quedaban algunos espacios vacíos. En 1750, desde su observatorio en Sudáfrica, el abad y astrónomo francés Nicolas Louis de Lacaille los rellenó con nuevas constelaciones, todas de poco brillo y relacionadas a inventos, máquinas y herramientas de su época: Scultor (Atelier del Escultor), Fornax (Horno Químico), Antlia Pneumatica (Máquina Neumática, como un moderno compresor o bomba), Circinus (Compás), Caelum (Buril), Horologium (Reloj), Mensa (Mesa o Meseta, una montana “recortada”, famosa en Sudáfrica, parte del paisaje desde el observatorio de Lacaille), Microscopium (Microscopio), Norma (Regla o Escuadra), Octans (Octante), Pictor (Caballete de Pintor), Reticulum (Retículo) y Telescopium (Telescopio).
Anteriormente, hubo también un Telescopio de Herschel, constelación creada por el astrónomo húngaro Maximiliam Hell en 1781, en honor al descubridor de Urano. Se encontraba entre Auriga y Gemini, cerca de la posición del séptimo planeta cuando fue hallado, ese mismo año. Y no sólo eso; hubo antes un Tubus Herschelii Major y un Tubus Herschelii Minor.
Lacaille fue también quien separó la antigua constelación de Argo Navis en cuatro más pequeñas: Carina (Quilla), Puppis (Popa), Vela y Pyxis (Brújula, ex Malus, el Mástil del Navío, según Ptolomeo).


Hubo otras constelaciones que permanecieron poco tiempo en la consideración de los astrónomos, especialmente, las correspondidas a los monarcas. La única de estas que prosperó fue Scutum, aunque para eso le quitaron el apellido. Otros casos desaparecidos son el Cetro de Brandenburgo (ocupaba algunas estrellas de Erídano), el Arpa de George (Psalterium Georgia, por el rey George II), y hasta el mismísimo Jesucristo se apareció entre Leo e Hydra en 1643, entre tanto paganismo estelar. Los seguidores de Napoleón Bonaparte pretendieron que la constelación de Orión se llamara, precisamente, Napoleón.
Por su parte, el busca-cometas francés Charles Messier, famoso por crear el primer catálogo de objetos de cielo profundo, también fue homenajeado efímeramente con su constelación, Custos Messium, obra del astrónomo Joseph Lalande, y se encontraba al lado de un reno, Rangifer. A finales del siglo XVIII Lalande también creó, al lado del Boyero, otro instrumento astronómico para la navegación, Quadrans Muralis. De allí procede el nombre de la lluvia de meteoros Cuadrántidas, las primeras del año.
El astrónomo aficionado escocés Alexander Jamieson creó también su propio atlas celeste en 1822, y allí incluyó a Norma Nilotica, la Regla Egipcia, que se empleaba para medir el fluido anual del río Nilo. Acusaciones de plagio terminaron eliminando este asterismo que se encontraba en la mano derecha de Acuario.



En la misma época, el ya mencionado Petrus Plancius creó, entre los animales del sur, a Gallus, que para Jakob Bartsch representaba al gallo que cantó después de que Pedro negara tres veces a Jesús. Al igual que las referencias monárquicas, también fueron eliminadas del cielo las connotaciones religiosas.
Por eso tampoco tuvo buena acogida por parte de los astrónomos el intento de cristianizar el cielo, cuando un abogado alemán, Julius Schiller, pretendió cambiar en 1627 las constelaciones vigentes por las divinidades cristianas. Así, las figuras del zodíaco iban a ser los doce Apóstoles; Hércules se convertiría en los tres Reyes Magos; el Centauro sería Abraham; la Corona Boreal, obviamente, se transformaría en la Corona de Espinas de Cristo; y Argo Navis, en el Arca de Noé. Hasta el Sol pasaría a llamarse Jesucristo, y la Luna, la Virgen María. La única constelación con cierto parentesco cristiano que sobrevivió, quizás, por tratarse de un grupo realmente útil, fue la Cruz del Sur.

Si buscamos árboles y plantas, el cielo no es un buen lugar. Podríamos suplir esta ausencia con las Coronas Austral y Boreal, pero no son referencias directas al reino vegetal. Las únicas constelaciones verdaderamente verdes que encontramos y que ya han desaparecido son Robur Carolinum, el Roble de Carlos (creada por Edmund Halley en 1679, nuevamente, en honor al rey Carlos II de Inglaterra, quien, aparentemente, se había escondido en un roble durante 24 horas después de su derrota); y Ramus Pomifer, apenas la Rama de Manzano, entre las mismas estrellas que representaban a Cerberus.

Si observamos detenidamente el atlas de Bode, confeccionado en 1801, encontraremos, cerca de Felis, del otro lado de Hydra, un ave muy parecida a un Ñacurutú, la más grande de las lechuzas que se pueden encontrar en nuestro país. Se trata de Tordus Solitarius, creada en 1776 por el astrónomo Pierre Charles Le Monnier, y que más tarde fue llamada Noctua, el Búho. Su cola está marcada por la estrella Zuben-el-Akrab, de la constelación de Libra, y el resto del cuerpo se confunde con las del final de la cola de Hydra.
Hubo también constelaciones dedicadas a los adelantos científicos, como Globus Aerostaticus, creada por Lalande en 1798 con estrellas de Capricornio y Microscopio; Machina Electrica, el primer generador de electricidad, creada por Bode en 1800, con estrellas pertenecientes a Cetus; Officina Typographiica, entre el Can Mayor y la Popa, creada también por Bode para conmemorar el 350o año de la invención de la Imprenta; Solarium, el Reloj de Sol, de autor anónimo, se encontraba al lado de Horologium; y Lochium Funis, la Cuerda Náutica y la Línea, creada por Bode entre las estrellas de Pyxis, y tenida en cuenta, obviamente, sólo por Bode en su atlas.
Todos estos ejemplos son apenas algunos de los que podríamos rastrear y mencionar. Hemos dejado de lado las constelaciones chinas y americanas, entre muchas otras. Las que perduraron son, simplemente, las que recibieron la aceptación general de los astrónomos.
El primer mapa impreso del cielo, con los dibujos de las figuras de las constelaciones, data de 1515. Todas las demás hermosas imágenes que poseemos acerca de la forma de Tauro, la cara de Ofiuco o lo que llevaba Orión en su mano derecha, son posteriores, y no tenemos la menor idea de cómo se imaginaban los antiguos griegos a sus propias creaciones.
En los últimos siglos, el cielo sufrió una transformación, y ahora está todo ordenado. Los astrónomos ya no utilizan dibujos ni mapas para encontrar, por ejemplo, a la estrella TYC 5046-30-1, en la Ascensión Recta 16h 15m 46.70s y Declinación -7° 23' 21.6". Sin embargo, en cualquier noche oscura, alejados de las ciudades, podemos alzar la mirada e intentar encontrar, nuevamente, al gato Felis, a Noctua, a Globus Aerostaticus o a Gallus. Al fin y al cabo, las constelaciones no son otra cosa que el producto de nuestra imaginación y creatividad, ni más ni menos que eso.


